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San Miguel, El Salvador, 22 de Mayo del 2007 AICSIRK “caímos nos alzamos no preguntamos nada y otra vez seguimos…” Dos jóvenes nativos de origen lenca, alistados en los ejércitos indígenas fueron cercados por los conquistadores. Ambos guerreros en el clímax de su acendrado amor por su tierra y por su gente, se lanzaron al pozo donde honraban a sus dioses. Cuenta la tradición oral que el encantamiento del lugar los convirtió en peces de oro; metal ansiado por los invasores, como castigo para éstos, muestra de lo inalcanzable: riqueza y libertad que nunca usurparían por completo… Aconteció que al indígena le fueron arrebatadas sus tierras. Sus ejércitos mutilados escalaron la montaña configurando la extinción de su beligerancia y la desaparición forzada de su raza. Aquella agrupación humana había sido privada de libertad y de soberanía hasta que la soberanía y la libertad se reconquistaran por medios violentos. Hubo así con este propósito encarnizadas batallas, ante la persistencia ávida y acuciante del desconocido conquistador, y la indomable y peculiar resistencia de los patriotas; al deseo voraz de dominación extranjera se interponía como muralla la postura intransigente de los aborígenes. Las foráneas huestes se establecieron en las cercanías de La Fuente, nacimiento de aguas frescas y abundantes, en los límites de la gran llanura. Los ataques eran cotidianos para desplazarlos del sitio de concentración. Al cacique indígena le acongojaba hasta el sufrimiento la pérdida de los territorios bajo su dominio, y el sabio de la sierra localizada al noroeste intentaba sus conjuros a fin de que “los dioses iracundos cesaran su crueldad e injusticia y volviera la paz a la comarca…” Y en un gesto de irreverente rebeldía el joven Aicsirk, hijo del Señor de la Sierra, bajó a la llanura. A la luz del alba partió. La sangre corría impetuosa por sus venas, caminó todo el día, incansable; llegó con los amarillentos rayos del sol poniente. Venía a reivindicar a sus hermanos caídos, a su valiosa sangre y a su honor mancillado. No importaba que el enemigo le superara en cantidad, no importaba que los blancos agresores fueran hijos de los dioses. Los guerreros Losiram y Adnil a escondidas le siguieron. Rastrearon su huella de felino por lo intrincado de la montaña, husmearon su paso montuno en cada paraje de la sierra; le vieron abrir brechas, subir colinas y bajar a la llanura. El indio de ojos rasgados, prominentes pómulos y piel cobriza se enfrentó con osadía al jefe de los invasores, retándole a un duelo cuerpo a cuerpo… Cuchillo en mano, hombre a hombre se liaron golpe a golpe; hubo suspenso general, rodaron los cuerpos sudorosos, jadeaban sus pechos llenos de rabia, aullaban de odio; destellaba el patriotismo nativo, crujían los deseos de dominación…, y al fin, Aicsirk irguió su brazo vencedor con el cuchillo presto a introducirse en las carnes del infame que ultrajaba el honor de su gente… La herencia imperial de la maldad accionó su trágico designio en las armas de los conquistadores: vencidos ya, dispararon. El príncipe quedó de pie, sin doblegarse, invencible hasta en su muerte. Casi simultáneas dos flechas atravesaron el cuerpo exhausto del caudillo extraño, matándolo en el acto. Losiram y Adnil vengativos, entablaron combate con las huestes advenedizas y ante la desventaja numérica y la inferioridad de sus recursos bélicos, fueron cercados en sitios cercanos a La Fuente. Momentos después se oyó un chasquido arrebatador, un relámpago de raro fulgor sorprendió a los extranjeros, emergiendo del fondo del pozo enormes borbollones que inundaron el lugar de la lucha, arrastrándolos con todo y sus cabalgaduras; despojándolos de su soberbia. Sólo uno quedó en pie: el valeroso Aicsirk que venció a su contendor. Y el mismo encantamiento que al instante transformó a los jóvenes milicianos en peces de oro, lo convirtió a él en una ceiba imbatible, símbolo del valor y grandeza de una raza que luchó con envidiable bizarría en defensa de la tierra de sus antepasados. El príncipe de la sierra convertido en ceiba, aún está de pie junto a La Fuente, en una de las más antiguas poblaciones del oriente cuscatleco: Santa Elena. En las aguas claras, según refiere la creencia popular, los limpios de corazón pueden ver un brillo fugaz: es el brillo resplandeciente de dos pececillos de oro. * Un cuento que se inclina a lo legendario. No se busque en él rigor científico. Sus orígenes son añejas narraciones orales, viejas historias que hablan de ayeres perdidos, de animales de oro, vivos, escurridizos, destellantes; relatos tal vez heredados de los abuelos de nuestros abuelos, leyendas olvidadas de la sangre, sangre indígena, veta inagotable de identidad. Santa Elena, noviembre 20 de 1989. |
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