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Soyapango, El Salvador, 16 de Noviembre del 2009

El Conacaste

Cual gigante erguido a la vera del viejo callejón que lleva hasta el rancho de los abuelos, está el enorme conacaste en la pequeña finquita del tío “Lencho Bonilla”, sus raíces sobresalen varios metros del suelo y se expanden hasta el terreno del tío Carlos Bonilla; de igual forma sus frondosas ramas cubren unos sesenta metros a la redonda.

Como es costumbre todas las tardes la tía “Nina”, al ocultarse el sol, nos conduce a mi hermano Evert y yo, a distraernos un rato y cantarnos canciones de cuna. Con mucho cuidado nos lleva hasta las abultadas raíces del conacaste y se sienta en una portentosa raíz; no sin antes haber revisado el lugar de los peligrosos corales y tamagacez que rondan el pedrero cercano: Con manos de ángel nos toma entre sus brazos y nos acaricia suavemente.

Al oriente se cierne el poderoso Chaparrastique; de sus faldas aparece una que otra luz de algún vehículo que seguramente baja de Placitas a San Jorge. Para nosotros es un deleite disfrutar de ese paisaje y observar con detalle los fogonazos de aquellas luces.

Parecerá curioso, pero par mi hermano y yo aquello era magnificente, en un lugar donde por las noches sólo escuchabas el canto de los grillos y de los pájaros nocturnos; nos alumbrabamos con un candil de gas que la tía Rosa ponía en un horcón del rancho para que se viera el patio , no teníamos radio, ni ningún medio de comunicación que nos distrajera, los días eran largos y aburridos y sólo el hecho que la tía Nina nos llevara al conacaste era un relax, como se diría hoy en día.

La tía nos hacía piojitos en la cabeza y nos cantaba canciones de cuna a su manera, apenas recuerdo una que decía “cucú ya tu sobrino”; las demás frases el tiempo las borro de mi memoria”.

Entrada la noche comenzaban a aparecer la estrellas titilantes en el cielo y la tía nos ponía a observarlas y a decir que más lejos aún estaba papá Dios.

Que diferencia Dios mío, te das cuenta que vivíamos en el total oscurantismo, estabamos a años luz de la actual tecnología, sin ipod, celulares, exbox, televisión por cable e internet; pero lo bueno de todo es que vivíamos en armonía con la naturaleza, respirabamos aire puro, nuestros juegos eran inocentes, chibolas, trompos y piscuchas, crecíamos creyendo que los bebés los traían los aviones…

Hoy día sigo añorando los días felices de esa infancia inocente, veo el cañaveral en flor frente al conacaste, las luces que siguen bajando del chaparrastique, los susurros de la tía “Nina”, y las raíces y sombras de aquel conacaste que guardo nuestros sueños de niños…

Erick López
erick.tabudo@gmail.com

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