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San Miguel, El Salvador, 6 de Febrero del 2009

EL ENCANTO DE LA MEMORIA
(Fragmentos)
René Ovidio González

Y volver a mi infancia
a volar papelotes
a huir de las sombras callejeras.
Y volver a subir por hilos temporales
a bajar por cristales…

A decir verdad nosotros raras veces hemos volado un papelote. La mayor carencia era y sigue siendo el pisto, como dicen los cuscatlánidos, descendientes de lencas y pipiles. Por lo anterior ustedes deducirán que, aunque quisiéramos, la bolsa no daba para comprar piscuchas. Y los periódicos, de los cuales podíamos haber fabricado las susodichas, no estaban al alcance de nuestras raquíticas posibilidades. Nos resignábamos entonces con mucha resignación a mirar de lejitos cómo los otros cipotes, egoístas por no querer prestar las cometas, enviaban mensajes en papelitos que se iban, se iban por la escalerita imaginaria del hilito del que estaba amarradita la piscucha, hasta que llegaba arriba y el mensaje era recibido con alegría y entonces el cipote dueño del pececillo del aire sonreía, con las orejas por límite, con sonrisa de conquistador en tierras vírgenes. Algo semejante ocurría con los trompos. En los puestos de las tiendas más surtidas del pueblo, ofrecían a criollos y extranjeros, a conquistadores y sometidos, las "monitas" dormilonas de madera fina de guayabo que daba gusto verlas bailar sin moverse del lugar, bien paraditas y sin hacer ninguna clase de ruido: como si durmieran plácidas el sueño de la placidez. A nosotros nos tocaba como al chinito: sólo vela pasal...

Esto era igual en todo. De manera que debíamos buscar un desagüe justo y preciso: algo que no interesara a otros chicos, o en lo cual tuviéramos cierta ventaja,  una tabla salvadora, salvavidas. Y fue así que empezamos con  la molotera del fútbol y sus despelotes. Sueños brotaban cual potros salvajes en el guatal, chúcaros y difíciles de amarrar a la estaca. En estas andábamos cuando jugábamos en la calle donde la señora Cruz Martínez. Antes lo hacíamos por donde vivía Erminda Bonilla, que a veces medio manuda, pues empinaba el codo de cuando en cuando, salía totoleca a aventarnos piedras si estaba de buenas, y líquidos hediondos, rezagados, si andaba con los orines revueltos. Entonces salía su vecina la Josefa a reclamarle por su cipote, que qué era ese joder con los bichos que nada le hacían, que siguiera chupando y dejara en paz a los futuros goleadores del Vencedor o del Remolino. Y qué sabemos si más adelantito  jugaban en el Águila, ¡ve pues!, si sólo dejar de morirse es imposible, lo demás se puede, haciéndole huevo...

Así las cosas, cambiábamos de estadio a menudo. Jugábamos de seis a seis donde Cruz Martínez. Un tiempo lo hicimos en el solar, adentro, sin darnos cuenta de cómo fue ese suceso. De repente estábamos bajo la sombra de los palos de mango en tremenda gritería. Después nos trasladamos a la calle de don Rosendo Méndez. Igual: mascones del día, equipo perdedor salía y el ganador permanecía. Hasta que Saúl y René Penado se iban y dejaban al equipo patojo y ya no se podía jugar. En ocasiones llegaban Colita Guevara que ya jugaba en Vencedor,  y Chucho Chávez que en esos días jugaba en Remolino; el Gavilán Funes que aún no era gavilán sino, sólo, Marenco; Tobías Campos y Luís Sunza su hermano…

De acuerdo: a muchos años de distancia, no podríamos asegurar que Funes, Sunza o Tobías participaran de aquel caos futbolero de barriada. En forma esporádica hacíamos contras en la canchita, junto a la ceiba del parque, frente a la Alcaldía Municipal. Un día, nos arrancaron la punta del dedo gordo del pie derecho, el dedo raspó el adoquín, presionado por el pie del adversario, en disputa por un balón dividido.  El mentado gordo se destapó y la tapa quedó prendida de un hilo de pellejo. Con todo y dolor, pegamos el pedazo colgante, lo apretamos y lo sellamos con tierra del parque. Hasta el sol que nos alumbra, no se ha despegado y nosotros contamos la anécdota a los amigos, testimonio vivo de nuestra aguerrida incursión en el deporte de las patadas...

No se asuste señora, son cosas pasadas . Qué hermoso ese poema que dice así: "No se asuste señora, son cosas pasadas". Y es cierto, lo que narramos son cosas del ayer, pero que no se olvidan. El fútbol no prosperó para nosotros, así que lo desechamos. Vimos pasar el tiempo. Olvidamos sin quererlo a las piscuchas, los trompos, los capiruchos, las chibolas, los yoyos. Aquellos yoyos que regalaba la fanta o la coca, que era la misma mica con diferente cola. Yoyos dormilones con los que se podía hacer "la vuelta al mundo", "la perrita" y no recordamos qué otros trucos…

Hablando de trucos, debemos mencionar a aquel señor sombrerudo que no dejaba atrás su machete envainado y un gran pistolón y que reía a carcajada limpia, carcajada que se oía en todo el pueblo. Sobre todo cuando contaba sus pasadas, que por cierto aseguraba, eran verídicas. Su nombre cabal: César Aparicio Lagos. Su nombre artístico: César Diablo. Nos contaba el licenciado Oscar Gómez, maestro y escritor elénico, que alguien quiso indagar sobre la opinión de don César acerca de su cuento aparecido en un periódico de la capital en dos entregas, escrito por un misterioso Omar Gabrielí, y don César, con toda la seriedad del mundo expresó sin el más mínimo rastro de resentimiento: No hombre: ese chero la jodió, yo le hubiera dado material en paleta, de haber venido a hablar conmigo antes de escribirlo...

Eran tiempos bonitos de la juventud. Tiempos de convulsiones y organización estudiantil, ¡que daban ganas! Eran los años de multitudinarias protestas callejeras y de consignas distribuidas entre los manifestantes. (…) Empezaban a sonar a todo vapor Los Guaraguao, disputando y ganando la audiencia a la vieja música ranchera, a las radionovelas (estaban de moda: "Chucho el roto" y "El ojo de vidrio") y a los escándalos de los hippies.

Con los partidos en la cancha de El Vencedor y la fama de algunos que, según radio mercado,  perseguían a los árbitros por manía quebrada abajo. No habían inventado entonces la UMO: Unidad de Mantenimiento del Orden, de la policía, que hoy protege a los réferis y por lo cual ellos pitan lo que les viene en gana, equivocándose a más no poder. Y a pesar que ya existía la guardia, los guardias de paisano eran semejantes a los paisanos y se agregaban a la persecución de los enlutados, pues han de saber ustedes que los árbitros se vestían de luto, siempre de luto. Aquello era una verdadera carrera de atletismo por sobre las piedras de la quebrada. Y como el que cerca de bolos anda a beber aprende, un domingo de fútbol, nosotros íbamos a intentar ingresar por la quebrada, sin pagar el boleto de entrada por la entrada legal,  pues ya lo dijimos, siempre andábamos jodidos, cuando vemos venir la estampida de locos que bajaba de la cancha hasta la quebrada y adelante que parecían pijuyos, los pijuyos de negro, que más que correr volaban. En cuanto a nosotros concierne, corrimos aprisa y de vuelta para salvarnos de la turba enardecida...

Desde aquellos entonces, intentamos a como diera lugar ser nosotros mismos, y mantenernos más cuerdos que un recuerdo y más radiantes que un foco en compañía de una foca, para no caer en fanatismos innecesarios. Fue así que logramos acercarnos a la música de grupos de prestigio. Sonaban con ganas los Bee Gees, geniales; el grupo Abba, que nos impresionó con su célebre Chiquitita y con todas sus canciones; Eagles y su Nuevo Chico en la Ciudad o su Hotel California, Queen y su Rapsodia Bohemia o su We are the Champions (Nuestro hermano José Víctor dice que se oyen rumores feos acerca de Eagles y Queen. ¡A saber…!) De ribete los ídolos de Liverpool, Los Beatles, no pasaban de moda: son gustos que los chicos de hoy no se dan, pues los muchachos actuales son como los bolos, les ponen un sabroso refresco de fruta de tamarindo o de piña y un vaso con guaro, escogen sin titubear el guaro...

Olvidábamos decir, como dice el otro poema famoso, aunque él en singular y nosotros en plural, pues por línea filosófica o costumbre siempre lo hacemos en colectivo, olvidábamos que sin qué ni para qué, un día cualquiera que no quedó registrado en la historia, leíamos las coplas de "Martín Fierro" en una hamaca del rancho viejo donde vivíamos, cuando se armó un desparpajo en la calle vecina: nuestra madre entró asustada y sin hallar qué hacer corría de un lado a otro. Hasta que soltó el nudo que le atragantaba la voz: un hombre mataba bien muerto, a filo de machete bien filoso, a otro hombre. Este se dejaba matar sólo por aparecer, casi treinta años después, en un escrito que escribiría el lector de "Martín Fierro" de ese lejano día, sin saber el muerto de hace treinta años, que el cipote lector de las coplas del gaucho lo recordaría, con el respeto que se les debe tener a los difuntos, por su sobrenombre, al que hizo honor, pues el que le maten así a un hombre es y será siempre un acto de mala muerte, perdón, quisimos decir: mala suerte.

Pero a lo que queríamos llegar se nos ha ido alejando cada vez que lo intentamos. Y existen infinidad de hechos que los hemos deshecho o desautorizado para no contarlos, por motivos de espacio o por álgidos. Deseamos explicar, que aquella práctica, la de leer, se nos hizo necesidad vital a partir de "Martín Fierro". Desfilaron entonces frente a nuestros ojos mirones, obras de la narrativa latinoamericana, "Doña Bárbara" fue una de las primicias que saboreamos; "Amalia", "María", y después "Jaraguá" de Napoleón Rodríguez Ruiz, y después de los después las novelas de García Márquez,  las obras de Juan Rulfo, las de Hemingway; la poesía de Darío, la de Whitman, su Song of Myself , por ejemplo; la de Pablo Neruda, sus Veinte Poemas de Amor ... Desde que  principiamos leyendo no hemos parado de leer. Y cuando nos cansamos de leer, descansamos leyendo. Creemos que éramos nosotros de los escasos estudiantes que solicitábamos libros a la biblioteca del Instituto Nacional, donde estudiábamos el bachillerato académico, sin que se nos pidiera de tarea. Doña Haydeé, la bibliotecaria, seguro se sorprendería –aunque con el transcurrir del tiempo tal vez no lo recuerde – siempre que llegábamos, "Présteme ese: La hora veinticinco , ¿de qué autor es...?" Y lo leíamos, sin conocer siquiera la procedencia del escritor.

No olvidaremos nunca la camaradería que sosteníamos con Sebastián Zepeda y Mauricio Bejarano . Con ellos nos íbamos, en días de asueto semanal, adonde Moisés al cantón El Volcán, con la idea idealizada de los cocos o de los mangos de clase, o los jugosos marañones que allá conseguíamos. A veces, en broma repetíamos el trabalenguas: compadre cómpreme cocos no compadre no compro cocos porque como pocos cocos como pocos cocos compro . Después sustituíamos la palabra "cocos" por la palabra "mangos", o por la otra: "marañones". Un día de aquellos, hallamos mal puesto a Moisés, y siendo el único que escalaba los elevados cocoteros, no pudimos convencerlo que subiera. Por toda respuesta Moisés reía su risa de hombre roncero y aseguraba con mucha serenidad: "Yo estoy defuerzado, no puedo trepar. Trepe uno de ustedes..." Al final nos conformó con mangos en abundancia y con flores del arbusto de izote, para que nos cenáramos la flor nacional de la nación...

El padre de Moisés, un señor muy trabajador, trabajaba y trabajaba sin parar. Y cuando le daba por platicar, platicaba y platicaba sin parar. No estamos seguros pero, ojalá el encanto de la memoria no nos traicione, al parecer fue él, que en una de esas pláticas dijo como bombazo: "Dios fue hecho a  imagen y semejanza del hombre". Y nosotros, preocupados por los cocos y no por el supremo hacedor ni por ningún ángel en gracia o en desgracia, no reparamos en aquella bomba atómica, porque nos confundimos: habíamos oído la frase bíblica y pensamos en serio que así la leían en sus rollos los sabios antiguos. "Esa es la pila de los pobres", nos dijo cuando indagamos el por qué del tanto trabajar, "...engañarse y creerse que algo hay qué hacer, que se tiene trabajo y que, desde luego, habrá una recompensa por el sacrificio: Dios habría de bendecirnos y premiarnos con abundancia si no aquí en la Tierra, en el otro lado sin falla, no cabe la menor duda..."

En tan sabrosas pláticas surgieron ideas que, nubladas por incomprendidas en su tiempo, a la vuelta de muchos años aclaran con mucha perspicacia el curso de la historia actual y la desactualizada. (…) Hasta aquí llegamos. Pues hemos tenido de súbito el impulso abrumador de volver a las piscuchas del principio, lo que transformaría el cuento que contamos en un círculo viciado. De todas maneras esto empieza y lo que no decimos  aquí lo diremos allí, más adelante...

Rene Ovidio González.
reneovi@hotmail.com

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