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Arizona, USA , 28 de Febrero del 2008 El Viaje Desde La Capital Ese día en San Salvador madrugábamos mi hermano y yo, pues el tren salía de la Estación a las siete de la mañana... el ambiente se sentía “aromatizado” con el olor del humo del tren que llenaba el ambiente, me gustaba el olor de ese humo del tren talvez porque me recordaba que iba de vacaciones a donde me gustaba... En la ruta del tren había un túnel bien largo por San Vicente, los pálidos foquitos del tren se encendían y el penetrante olor del humo se encerraba en los vagones... Una vez un tipo se sentó con nosotros y empezó a contarnos mentiras, como que sabía inglés y nos dijo que dijéramos “Ai spitinglish”, “yu spitinglish” ya ni me acuerdo el resto, pero al llegar a Santa Elena aburrimos a mi tia contándole una y otra vez nuestra experiencia con el susodicho... En uno de esos viajes en el tren con mis papás, es decir cuando yo era tan chiquito que me sacaron por la ventana del tren para salir ya que era más fácil chinearme, nos bajamos en Santa Cruz Porrillo, ya que mi tío era el jefe de la estación y él vivía en el edificio. Allí nos entreteníamos a veces jugando con sus hijos, mis primos, quienes a veces también pasaban vacaciones en casa de tía en Santa Elena En la estación de Usulután, que era nuestro destino, Marillita nos esperaba, en donde ella nos buscaba a un lado del tren hasta que nos veía y corría a sacarnos, ya que el tren solo paraba unos minutos para seguir con el viaje hasta San Miguel y La Unión; Llegábamos como a las doce o una de la tarde... Allí en la estación siempre estaba un cieguito que cantaba, tenía una guitarra con dulzaina, al estilo de Billy Joel, era muy famoso, al grado que lo hicieron que cantara en una de las emisoras de radio de San Salvador de ese entonces, pero su nombre se me ha escapado de la memoria... luego nos íbamos a la Alameda a subirnos en la camioneta que nos llevaría al destino final, Santa Elena. La calle vieja hacia el pueblo era muy “polvosa”, siempre nos tocaba ir sentados en las piernas de alguien pues las camionetillas eran pequeñas y tenían solo 2 o tres asientos. En el camino íbamos con la nariz tapada casi todo el viaje por las nubes enormes de polvo que se levantaban. Pasábamos por una quebrada que, decían, era muy peligrosa en invierno pues con sus crecidas había arrastrado uno que otro carro con saldo fatal. Ya casi para llegar al pueblo pasábamos por el cementerio donde, por cierto está ella enterrada desde el año 63; esa era mi señal, ya que después veía las primeras casas del pueblo con los anuncios de productos agrícolas pintados en las paredes de las tiendas a la entrada: Gamesán, y saber que otros nombres... El “punto” de las camionetas era en la Ceiba que estaba enfrente de la iglesia, el cabildo, el mercado, la casa del cura y la tienda de la niña Eva Arce , quien vendía los cigarros a granel y la de don Fidel que era la tienda más surtida del pueblo y donde yo iba a comprar los cigarros “para mi tía” (aunque en verdad mi tía solo fumaba puros Chirilagua). Una colaboración de Frank Osegueda: frantogsi@gmail.com |
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