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San Salvador, El Salvador, 21 de Octubre del 2008 Día de los Finados (Fieles Difuntos) Estimados Amigos TABU-2: En uno de mis artículos anteriores, mencioné las costumbres y tradiciones de nuestro pueblo, y al ver el calendario me doy cuenta que estamos a pocos días de conmemorar una de esas tradiciones o costumbres, que aunque no es propia o exclusiva de Santa Elena, allá cobra una relevancia muy especial, quizás porque para nosotros no es solo el hecho de llevar flores a las tumbas de nuestros seres queridos, sino de compartir con ellos, aunque ya no estén físicamente entre nosotros, pero compartimos con sus recuerdos, el amor y el cariño que en vida nos unió a ellos, nos mantiene junto a ellos ahora que ya no están. Claro, me estoy refiriendo al Día de los Difuntos, o como le solemos llamar allá: el “Día de los Finados”. Para muchos, ese día trae recuerdos y emociones tristes, pero para otros el dos de noviembre es casi un día de fiesta. Es el día que le dedicamos enteramente a aquellos parientes y amigos que se nos adelantaron en ese camino que inexorablemente todos vamos recorrer; y lo hacemos con alegría, con vivos colores, con alimentos, e incluso hasta con música. Cuando era un niño y no había experimentado la tristeza de perder a un ser querido, el Día de los Finados para mi, era una fecha llena de misterio, de misticismo, de solemnidad, de rigurosas costumbres que había que cumplir al pie de la letra, las cuales incluían tener que levantarse de madrugada, ayudar a cargar las coronas de ciprés que mi papá había mandado a hacer expresamente, o los manojos de flores multicolores que mi madre había escogido tan minuciosamente, también había que cargar los floreros o el cántaro con agua, y no se podía olvidar la tan necesaria escoba, un trapo para limpiar y por supuesto un machete. Todos esos elementos formaban parte de la rigurosidad y la seriedad con que se tomaba la actividad de esa madrugada en el cementerio. El objetivo era dejar la tumba o capilla de nuestros deudos, impecablemente limpia y bellamente adornada con aquellas flores y coronas, y todo eso debía hacerse antes de las siete de la mañana, que era la hora en que generalmente empezaba a llegar la gente al cementerio, cada uno cargando su respectivo ramo de flores o su corona de ciprés o de papel encerado, que eran y siguen siendo muy populares, aunque actualmente el elevado costo de la vida las ha encarecido excesivamente. En realidad mi contribución en esa limpieza y ornamentación era muy limitada y solo duraba unos minutos, luego de ello, era mi madre quien se encargaba de colocar estratégicamente las flores y coronas para darle un nuevo, colorido y llamativo pero momentáneo rostro a la capilla familiar. Mientras ella se dedicaba a esa tarea, yo me iba a deambular por todo el cementerio a curiosear lo que otras personas le hacían a las tumbas de sus seres queridos, me gustaba ver como algunos se dedicaban a pintar afanosamente y generalmente de blanco algunas tumbas, otros chapodaban la maleza circundante, y por último eran las mujeres quienes, con la solemnidad que la fecha les merecía, se afanaban en colocar las flores y otros adornos que, de una u otra manera, le daban vida a aquel cementerio y lo engalanaban para satisfacción de los vivos y quizás también de los muertos. Algunas personas acostumbraban a llevar comida y sillas para pasar todo el día acompañando las tumbas de sus parientes, para ello colocaban los famosos “velachos” amarrados a los árboles cercanos procurando que su sombra los cubriera la mayor parte del día. Esto me hacía pensar que estas personas tomaban este día como un paseo, como un evento social, lo cual, no le quitaba lo solemne, pero le daba un toque de más alegría y menos tristeza, ya que ese lugar se convertía en punto reunión para otros parientes o amigos que pasaban por ese lugar. Tampoco podían faltar en las afueras del cementerio las famosas ventas de bebidas frías, como gaseosas, cervezas, minutas, sorbetes y de comidas como enchiladas, tostadas de plátano, y otras, aunque estas ventas también se establecían en el interior del cementerio, ya que antes no había el orden o el control que se tiene hoy en día. El quedarse junto a la tumba de sus seres queridos significaba saludar a todos aquellos amigos y conocidos que con seguridad pasarían por allí, especialmente cuando ese lugar estaba frente a la vereda principal. Generalmente allí se encontraba uno con aquellas personas que no veía el resto del año, por eso es que si uno quería ver a aquella muchacha o aquel amigo que talvez no veía desde hacía mucho tiempo o que solo los podía ver en vacaciones, era seguro que allí los vería. El ir y venir de la gente en todo el cementerio no cesaba sino hasta bien entrada la tarde, cuando la gente empezaba a retirarse con la satisfacción de haberle dedicado el día al cariño y al amor que se mantiene por aquellos que ahora están gozando de la alegría del reino de Dios. Ese amor que se guarda permanentemente en el corazón de los deudos que todavía nos quedamos en esta tierra esperando que cuando nos llegue nuestro tiempo, seamos dignos de estar acompañándolos junto al Creador. El símbolo físico pero momentáneo de que siempre los recordamos y que los seguimos queriendo, queda en esas tumbas cubiertas de flores y coronas y en todas las plegarias y rezos que ese día se elevan al cielo pidiendo por el eterno descanso de sus almas. No puedo dejar de recordar algunos nombres de tabudos, algunos de ellos muy jóvenes, que a través de los años, y en diferentes circunstancias, algunas de ellas muy trágicas, nos han dejado físicamente, pero cuyo recuerdo se mantiene en los corazones de quienes los conocimos. Obviamente no puedo mencionar a todos, pero vienen a mi mente nombres como Luis Erick Penado, Luis René Rivera, Erasmo (Mito) Melara, Sergio de Jesús Méndez, Sergio Amilcar Bolaños, Lujandriu Velásquez, Jorge Vargas (padre), Cristina Flores, Nul “tapedulce”, “Coqueque”, Ricardo Rivas (chintillo), Julio Muñoz (Ambulancia), Anselmo Lozano y muchos, muchos tabudos y tabudas que, por causas naturales o por alguna acción violenta, ya no están entre nosotros, pero cuyos recuerdos, como dije antes, deben mantenerse entre los que los conocimos y los tratamos. Esta ha sido solamente una pequeña remembranza de nuestras tradiciones del Día de los Finados, y un homenaje para todos aquellos elénicos y elénicas que, por voluntad de Dios o por voluntad de otros, forman ahora la gran comunidad de tabudos en el cielo. Este próximo Dos de Noviembre elevemos una plegaria por el alma de nuestros seres queridos y si es posible, depositemos una flor en sus tumbas. Orgullosamente Tabudo. Noyo Lozano |
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