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Soyapango, El Salvador, 30 de Mayo del 2008 Recordar es volver a vivir, trasladar nuestra memoria a los grandes momentos de nuestras vidas es como volver a caminar por las empedradas calles de nuestra natal ciudad o surcar nuestros campos; quien no recuerda esos momentos bellos de niños y jóvenes, hoy en día Erick López nos presenta sus memorias en una seria de artículos que como Tabu-2 alguna vez compartimos, disfrútenlos y quizás los volvamos a vivir…. Evert López LA MOLIENDA A la eterna memoria del tío Juan Bonilla Es la una de la tarde de un día de Enero a finales de los años 60´s, el olor a caña impregna el ambiente, una suave brisa de verano abraza el atardecer y acaricia las blancas flores de los cañaverales. Suena el butute (especie de pito hecho de la concha de caracol de mar); a lo lejos se escucha la algarabía. El guarapo (espuma de caña) está a punto. De todos los rincones del Cantón Joya Ancha Abajo, un mar de gente se aglomera en la molienda de "Los Bonilla". Los peroleros (personas que mueven, sacan la suciedad de la caña y le dan punto a la miel, para fabricar el dulce de panela), diestramente extraen el guarapo y sirven en guacales de morro las delicias de la caña. Chicos y grandes chupetean con bagazos ese delicioso manjar. Los horneros sudorosos meten leña y bagazo de caña a los hornos a efecto de mantener la temperatura adecuada para que la miel esté en su punto para fabricar el dulce de panela. Un “cuchilleo” de mujeres se escucha en la cocina de la vieja casona; es la tía Elsa que ya prepara los ingredientes necesarios para hacer las famosas melcochas y batidos. Nadie en el Cantón tiene la destreza y habilidad para fabricarlas, la fórmula es un secreto de familia, sólo menciona un par de ingredientes (ajonjolí, canela, vainilla), los demás se los reserva. Son las tres de la tarde y los peroleros vociferan que la miel del dedo está lista, en un instante un grupo de mujeres lideradas por la tía Elsa, seguida de la Tía Mina, bajan hasta la molienda. En tallos de huerta artísticamente diseñados tal canales, colocan la miel y cual danzarinas de antaño, le dan los movimientos apropiados para fabricar los “alfiñiques o melcochas y los batidos”. En un instante quedan terminados, habrá que dejarles reposar por un tiempo, para que se enfríen y poder saborearlos. El trabajo es incesante, los bueyes cual esclavos del trapiche dan mil vueltas, sudorosos jornaleros meten haces de caña que son triturados por la maquinaria, un río de jugo de caña baja hasta los peroles, donde los “peroleros y guaches” (ayudante del perolero), retiran la espuma que despide la caña. Las carretas cargadas de caña siguen llegando una tras otra y el ciclo se repite. Cerca de las cuatro de la mañana sale la última “hornada, los peroleros y el guache”, colocan la miel en moldes de madera de donde saldrá el dulce de panela para el café de los abuelos de la época y listo para endulzar la conserva de mango y jocote de Semana Santa y los ayotes en miel del Día de Difuntos. Recuerdo con añoranza esos días de molienda cuando el abuelo Salomón, me llevaba a disfrutar de esos manjares de la caña. Era típico encontrarse con el agradable saludo del "Tío Juancito" Q.D.D.G. (llamado así cariñosamente). "Bienvenido hijo tome y lleve todo lo que pueda; pero no se acerque mucho a los peroles por que podría quemarse". Uno se encontraba con el eterno hornero "Don Raúl Gaitán", Q.D.D.G., hombre honesto y de confianza de la familia, aunque amante de los tragos; sirvió por años en la molienda. También el primo Israel Segovia fiel mozo de los "Tíos Bonilla". Son dignos de recordar hombres laboriosos como Vitorino Aparicio y Bernardo Galdámez (hornero y guache respectivamente); además de los arrieros Roberto Larín Q.D.D.G. y Coronado Torres. No se quedan atrás mis incansables tíos: Atilio Q.D.D.G., Carlos, Chepe, Fidel, Manuel y Mauricio Q.D.D.G., todos ellos dejaron la piel en los cañaverales que con ahínco se cultivaron en esas tierras. Desde finales de los ochenta la molienda desapareció, hoy sólo queda una vieja galera, donde aún se conservan los mohosos peroles, lugar en el que un día se cocía el guarapo y la miel. Cuentan que debajo del viejo amate que abrigaba el trapiche en las noches de luna llena se escucha el rechinar de la “catarina” y el triturar de las masas moliendo caña, un río de jugo sigue bajando eternamente a los peroles... Erick López |
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