TABU-2
La Página de Internet Oficial de Los Tabu-2

Inicio
Quienes Somos
Como Colaborar
La Voz de Los Tabu-2
Danos Tu Opinion
Novedades de Santa Elena
Rincon Literario
 

San Salvador, El Salvador, 29 de Noviembre del 2011

Mas Sobre Mis Memorias

Talvez a muchos no les parezca interesante ni les llame la atención lo que aquí escribo, pero estos son simplemente recuerdos de las experiencias vividas por un cipote tabudo a principios y mediados de la década de los años 70´s, un período de tiempo y espacio que marcaron nuestras vidas de una u otra forma, recuerdos que ahora quiero compartir con ustedes, especialmente con aquellos que son parte de mi generación, quienes seguramente tendrán sus propios recuerdos de esos años y de las épocas que describo, pero que de alguna manera se relacionarán con estas experiencias.

En las semanas previas a la Navidad, allá por los años 70´s, mi padre tenía la costumbre de ir a quedarse varios días o incluso semanas a la finca que tenía en el Cantón El Volcán, precisamente durante el tiempo que duraban las cortas de café. Generalmente este período abarcaba desde mediados de Noviembre hasta la segunda semana de Diciembre. El asunto era que llevaba a toda la familia con él. Mi mamá, mi hermana, mi tía y hasta mi primo nos íbamos para la finca, prácticamente a vivir, varias semanas, para regresar al pueblo unos pocos días antes de la Navidad. La estadía “en el monte” la determinaba la mayor o menor intensidad en la recolección de café. En el casco de la finca había una casita de campo que era donde nos quedábamos y estaba acondicionada para que durmieran varias personas en solo dos habitaciones. Por supuesto no teníamos comodidades, no había energía eléctrica, ni agua potable, no veíamos televisión y nos defendíamos a puro radio de baterías. Por eso era que a mí no me gustaba mucho la idea de pasar varios días aislados del mundo. Durante el día no había problema, porque siempre hallábamos algo que hacer o en qué entretenernos, el problema era cuando llegaba la noche, porque era aburrido y tanta oscuridad alrededor y con tantos sonidos extraños que se oían en la finca, que no dejaba de darme un poco de miedo. Casi siempre invitaba a mi primo Nelson Benavides para que pasara esos días con nosotros y con él nos poníamos a reventar “cuetíos” en las noches en medio de la oscuridad o encendíamos alguna fogata y contábamos chistes o cuentos de miedo.

También por las noches, mientras mi papá escuchaba la radio en una hamaca que tenía en el corredor de la casita, mi mamá y yo íbamos a la casa de Don Juan Gómez, el administrador de la finca, un señor al que recuerdo con mucho cariño porque fue una persona que se dio por entero a mi familia y fue el brazo derecho de mi padre en el cuido de la finca por muchos años. En su casa, iluminada sólo por candiles de aceite o de kerosene, mi mamá se entretenía platicando con la esposa de Don Juan. De vez en cuando aparecía por el camino vecinal, iluminado por el brillo de la luna, algún trasnochador o alguien a quien le había agarrado la noche en su regreso del pueblo o de alguna finca vecina. Pasaban comprando cinco centavos de “dulcitos” o un par de cigarritos “Delta” para iluminarse el camino o espantarse los mosquitos y los “jejenes”, vale decir, que en la casita de Don Juan vendían ese tipo de productos básicos. Cuando mi papá “bajaba” al pueblo, siempre me compraba “cuetíos o triquistracas” y morteros para que reventara en las noches y fósforos de luz o chispitas para mi hermana.

Lo difícil por las mañanas era bañarse porque siempre amanecía haciendo mucho frío y el agua era agua “llovida” que se almacenaba en enormes tanques metálicos o tanques de captación donde se mantenía muy helada. En las mañanitas me iba a sentar a un claro de una pendiente cercana donde pegaba el sol de la mañana, tratando de agarrar un poco de calor. En esa época todavía hacía mucho frío en esas fincas del Cerro El Tigre porque no estaba tan deforestado. Durante el día me gustaba recorrer todas las veredas y los senderos que encontraba en medio de los cafetales, sólo para ver a donde me llevaban, así fue como conocí todos los linderos de la finca. Recuerdo bien la parte que llamábamos “El Siete”, que era la parte más alta de la finca y allí cerca había una glorieta hecha de horcones de madera y palmas de coco que servía como un mirador, desde el cual se podía ver gran parte del litoral usuluteco, se veía parte de Santa Elena, parte de Usulután, la planicie costera y hasta el mar, era una vista espectacular ya que estábamos a una buena altura en el Cerro El Tigre, al lado derecho de esta glorieta podíamos ver muy cerquita el Volcán de Usulután y su “Piedra Encadenada”. En esos días teníamos la suerte de comer jícamas recién sacadas de la tierra, chupar naranjas y mandarinas que nosotros mismos bajábamos de los árboles y tomar agua de cocos recién bajados. Todo era natural, nada embotellado, nada químicamente tratado.

Entre otros quehaceres, durante esos días le ayudaba a mi madre a moler maíz en un molino manual, a acarrear agua desde los tanques que ya mencioné, para uso doméstico, y si no había mucho que hacer, entonces ella me ponía a estudiar las tablas de multiplicar, cosa que no me gustaba mucho, pero que ahora le agradezco infinitamente. Además, sabía que si no me las aprendía y se las recitaba, me ganaba un buen jalón de orejas o un coscorrón.

Por las tardes, el casco de la finca se ponía muy alegre porque se llenaba de los cortadores que llegaban a entregar su corta del día, o sea para “la pesa”. Había un gran bullicio, gente gritando, cargando y descargando sacos y canástos, subiendo y bajando sacos de la báscula hasta que se cargaba y despachaba la última carreta hacia el beneficio donde se entregaba el café. Así se pasaban los días en la finca y la única vez que mi papá nos llevaba al pueblo era cuando íbamos a las fiestas patronales de Usulután, para que nos subiéramos a las “ruedas” y a comprar dulces de feria, después de lo cual regresábamos a la finca y allá nos quedábamos casi siempre hasta el día de las “Conces”, que era cuando, al fin, regresábamos al pueblo para colgar los farolitos que adornarían las puertas de la casa y poner el arbolito de navidad y el nacimiento que significaban que la Navidad, con su alegría y su colores, sus estruendos y sus fiestas, estaba por llegar. Con los años, me acostumbré a vivir esas temporadas en la finca de mi padre, y ahora, cada vez que veo una finca de café y veo su blanca florescencia, su verde follaje o sus rojos frutos listos para ser cosechados, no puedo dejar de evocar las experiencias vividas durante aquellos años de mi niñez y ahora que ha pasado tanto tiempo, añoro esos días en la tranquilidad, la naturaleza y los cafetales de la tan recordada Finca San Carlos.

Orgullosamente tabudo.

Noyo Lozano
gustavo_loz@yahoo.com

Regrese a La Voz de Los Tabu-2

©Tabu-2