TABU-2 |
San Miguel, El Salvador, 3 de Marzo del 2010 Personalidades de La Historia Que Nos Han Visitado A través de los años hemos sabido de gestas heroicas, diásporas, luchas desarrolladas con esperanzas, a veces con inconmensurable tenacidad, por ciudadanos destacados de este país, “El Pulgarcito de América”, tal lo bautizó esa eminente chilena Lucila Godoy, alias Gabriela Mistral (Por cierto el famoso apodo disgustó al poeta Roque Dalton). Sin embargo, a pesar de que nuestro municipio ha estado inmerso en el vaivén de los acontecimientos, pocas veces nos hemos detenido, vuelta la vista atrás en una retrospectiva de aquella propia historia para, si es halagüeña la visión, fundamentar nuestro arraigo cultural en sus cimientos; y si fuera dolorosa, redescubrir sus causas, conocerla a fondo, estudiarla, para evitar que se repita y nos vuelva a doler. Brevemente, voy a relatar pedacitos de nuestra interacción con la historia cuscatleca, mediante la visita de verdaderas personalidades, que llegaron, se establecieron casi con fugacidad, o pasaron por Santa Elena, y que formándose una opinión de sus habitantes la expresaron de algún modo. Trataré de seguir en este afán un orden estrictamente cronológico. Dr. Manuel Enrique Araujo En el libro “Brochazos” José María Peralta Lagos (T.P. Mechín), maestro de la literatura humorística, nos relata un viaje presidencial del doctor Araujo. Podemos decir entonces que aquí se da un doble acontecimiento para rememorar: llegaron a Santa Elena el general Peralta Lagos (ejercía el cargo de Subsecretario de Fomento) y el doctor Araujo, el primero formidable escritor, y el segundo catalogado como único presidente democrático del que ha gozado El Salvador. El hecho que Araujo fuese oriundo de la vecina Jucuapa no quita esplendor a su llegada. Este presidente fue muerto a machetazos cuando asistía a un concierto en la actual Plaza Barrios de la capital en febrero de 1913. En el relato “La llave de Usulután” contenido en el libro mencionado, T.P. Mechín nos cuenta: ¡Aquella fue una marcha triunfal! Baste saber que se trataba de un viaje presidencial… (…) porque tengo prisa de llegar a Usulután. Don Alberto Masferrer No tengo mayores detalles de la visita a Santa Elena que realizara el pensador Masferrer. Intuyo que fue entre 1928 y 1931. Lo creo así puesto que hay un escrito suyo en el que se refiere a Santa Elena (presumiblemente del diario Patria, del cual era director y propietario: se dice que compró dicho periódico en 1928 y siendo seguro que para la masacre de enero y febrero de 1932 ya no se encontraba en el país o estaba por exilarse, de allí la deducción). En el cuento “Don Alberto y el Presidente” de mi autoría yo escribo: Empecemos por el principio: No sabemos en cuál publicación o en cuál manuscrito, aunque nos acecha una enérgica sospecha que fue en el diario Patria, don Beto Masferrer nos cuenta, a nosotros que integramos las nuevas generaciones, que un día él tuvo la dicha de visitar el pueblo del cuento y lo que destacaba de acuerdo a sus palabras de sabio tecapense, era la barbaridad de cuches y la notable presencia de muchas muchachas bonitas, pintados sus cachetes de puro achiote natural. “…es un pueblo de gente con cerdos, o es un pueblo de cerdos con gente”, decía el maestro escritor. Y nosotros añadimos pues así lo imaginamos: los cerdos comiendo excremento y las muchachas oliendo a jazmín, o a rosas que cortaban en los jardines vecinos poniéndolas entre sus trenzas vaselinadas. Tanto se impresionó don Alberto que comparó a las bellezas que protagonizan este relato con la belleza que protagonizó otro relato, un antiguo cuento homérico: la mentada Helena, por lo que dijo sin grisma de pudor, que deberían bautizarles a ellas con el honroso nombre de “helénicas”. Miguel Mármol Este es un curioso detalle que ilumina nuestra historia. De acuerdo al libro “Miguel Mármol, los Sucesos de 1932 en El Salvador” del escritor Roque Dalton, libro “dictado” a Roque por el mismo protagonista, cuando ambos estaban en Praga, Miguelito Mármol estuvo viviendo en Santa Elena durante algunos meses, después de su “fusilamiento” cerca de Soyapango a fines de enero de 1932. Recordemos que Mármol junto a Farabundo Martí y líderes de cofradías, fueron gestores principales de la sublevación campesina que culminó en cruel masacre de indígenas izalcos y de obreros. Pienso que pudo ser en los últimos meses de 1932 y los primeros (posiblemente hasta marzo o abril) de 1933, cuando buscando la salida hacia Honduras se fue por el rumbo de Jucuapa. Algunos fragmentos del libro mencionado los transcribo de la página 338 hasta la 340: Con el hermano del maestro Flores, quien por cierto aquella vez fue que vio por vez primera en su vida a un comunista, me fui por veredas del monte a Santa Elena Grande. Flores trabajaba a destajo para la zapatería de un tal capitán Colato, allí en Santa Elena, y me colocó a mí como sustituto mientras él seguía hasta San Miguel o más allá, porque su temor era como para irse hasta el mismo polo sur. (…) Desde Santa Elena Grande establecí por fin contacto con San Salvador, aunque no sacamos nada en claro, simplemente que había en la capital algunos camaradas que andaban a salto de mata, en condiciones terribles. (…) Sin embargo, yo confiaba en la extensa red de contactos personales y amistades que hice en la zona muy rápidamente. Como era un buen zapatero, ganaba bastante plata y por ello disponía de medios económicos relativamente holgados en medio de la pobreza general. Compraba fruta y la regalaba a los niños de las escuelas… (…) la gente se agarra a balazos o a machetazos hasta por una mala mirada, máxime cuando hay trago de por medio. En tres ocasiones escapé a que me matara un distinto borracho que venía dispuesto a soplarse al primero que encontrara en su camino. (…) Total, que decidí armar viaje para Honduras. Salí de Usulután con dieciocho centavos en la bolsa. Subrepticiamente pasé por Santa Elena para cobrar al capitán Colato treinta colones que me debía como salario, pero el hombre no me pudo pagar porque no tenía nada en caja y yo no insistí porque él había sido muy bondadoso conmigo. Obsérvese que el nombre dado por Mármol a Santa Elena lleva añadido el adjetivo “Grande”. Y nótese también que una de las características de los elénicos de aquellas épocas se destaca de manera festiva: las borracheras y la violencia subyacente (no he querido citar de manera textual un caso particular: una borrachera del Alcalde de ese tiempo, y la huida de Mármol a raíz de un incidente con dicho funcionario). El mentado capitán Colato era un personaje popular entre los vecinos, aunque hoy nadie de cuantos he consultado sabe las señas de su nombre completo, su correcta identidad. Menos si él supo alguna vez a quién había tenido de operario en su taller. Ni yo mismo puedo estar seguro si conocí a un viejo capitán Colato, siendo yo un niño, o si sólo fue que oí hablar de él a los adultos… Monseñor Oscar Arnulfo Romero No obstante mi irreverencia legítima, siempre admiré la dimensión social de Monseñor Romero. Tengo un hermoso recuerdo, de cuando Romero era obispo de Santiago de María. Todos sabemos que el día 18 de agosto se hacía una misa “concelebrada”. Y uno de los concelebrantes era el Obispo. Pero el obispo Romero no sólo participó en la misa sino que acompañó la procesión por la tarde. En el cuento “El Obispo de Santiago” que escribí hace algún tiempo yo manifiesto: La gente celebraba sus fiestas patronales el dieciocho de agosto. La procesión culminaba con la quema del “Castillo”. Era un desparrame de pólvora, de “torofuegos”, de ruidos de juegos mecánicos, las “ruedas” que tanto nos gustaban, de grescas de borrachos y estampidas de fisgones, de cinqueras, de bulla de altavoces anunciando a la “Empresa Mercedes”, de puestos de dulces de higo, conserva de tonto, coco rallado, en fin: la alegría… Aquella voz atrapó mi atención y quedó grabada en mis oídos. Iba pasando, a unos cuatro metros de donde yo esperaba el desfile religioso. Caminaba despacio, micrófono en mano. Su voz era impactante. Fue mi primer encuentro con esa voz solidaria, con su palabra consciente. Nadie sabía entonces que el obispo Romero se enfrentaría con las fuerzas del mal como lo hizo, y que se convertiría en símbolo de liberación universal. Nadie que no fuera él, desafiaría a los sicópatas al ordenar a su pueblo avanzar, con los fusiles de la guardia apuntándoles delante. Cuentan que iba la procesión encabezada por Monseñor. Entonces los guardias intentaron impedir su paso. La ciudad de Aguilares tenía más de un mes de estar sitiada y vejada por militares. La gente dirigió las miradas temerosas al Arzobispo esperando de éste la orden de repliegue. Romero decidió lo contrario, proseguir la marcha, y la guardia tuvo que apartarse… Al pasar junto a mí, el Obispo de Santiago decía: “Es admirable la devoción de este pueblo por su santa, la Emperatriz Elena, y el respeto que guardan por sus propias tradiciones, por su cultura. Mi admiración para ustedes, hermanos, sigan siendo unidos y solidarios y ante todo, luchen por hacer realidad sus sueños, jamás permitan que les arrebaten ese derecho inalienable: el derecho de soñar…” Es cierto que con el transcurrir incesante del tiempo otros personajes habrían llegado a nuestra tierra. El doctor Fabio Castillo Figueroa estuvo en el parque, bajo la sombra de la ceiba antigua, promoviendo su candidatura a la presidencia de la República por el “Partido Acción Renovadora” (PAR). Muy chico aún yo me veo a un metro de distancia del entonces candidato. Tiempo después nos visitó el ministro Walter Béneke, el de la Reforma Educativa de 1968, el de los televisores y las teleclases, el de las matemáticas modernas que explicaban que el conjunto que no tiene elementos es un conjunto vacío. Los muchachos no lograban concebir cómo funcionaba ese milagro: carecer de elementos y seguir siendo “conjunto” ; estando yo en el cuarto grado del maestro don Amílcar Velásquez fui testigo de éste suceso. He de contarles más en otro momento. Lo anterior es sólo una aproximación, un asomo a esa riqueza histórica, la cual hemos de desempolvar entre todos los hijos e hijas de Santa Elena Grande. René Ovidio González. |
©Tabu-2