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San Miguel, El Salvador, 27 de Septiembre del 2007

¡TERRIBLE CASTIGO!
Por René Ovidio González

La mujer de la que voy a hablar frecuentaba el vecindario. Se paraba ante la puerta con un gesto de todos los días a las cuatro y veinticinco minutos de la tarde. Miraba a todos lados como buscando algo y dejaba suelta su voz cascada, en una jerigonza que le delataba de inmediato. Me llenaba de pánico. Mi inocente cerebro urdía las más disímiles conjeturas acerca de aquella extraña mujer. Con precisión cronométrica ella asomaba a la puerta y repetía una a una las mismas frases, recordando a los habitantes de los límites del planeta que sí, que ella estaba allí, hundiéndose sin reversa en el pantano de su demencia, de su enajenación progresiva…

La miraban venir y, allí va, pasando por la calle como si volara, desentendida. Muchos la ven sin mirarla. A muchos despierta curiosidad y un poco de desconfianza. Se ponen a hacer bromas de su figura: la colocan bajo la luz tímida del bombillo de la esquina, a media noche; la obligan desnuda a andar por parajes solitarios, en los suburbios del barrio; y en fin, que es una loca, demente, desquiciada…

Era exactamente igual a la famosa protagonista de los relatos del abuelo: Se hizo coqueta. El Dios indígena le quitó su belleza y la volvió demente. ¡Terrible castigo! La condenó a vagar a orillas de ríos y quebradas, riendo a carcajadas…

El corazón se me inflaba hasta no caberme en el pecho. Ella me enseñaba con maldad inofensiva sus dientes manchados. Me mostraba con íntimo gozo sus manos de flácidos dedos. Me amenazaba con sus uñas terrosas y abría terriblemente sus cansados ojos. Al observar el terror dibujado en mis facciones, cambiaba a un estilo maternal: me arrullaba, me cantaba, utilizaba diminutivos y, a menudo reía, reía, reía…

Hace tiempos enloqueció, golpea sus chiches contra las piedras mientras ríe, ríe, ríe: "¡En estas tetas te criaste!" Su nombre cambió a Sihuanaba. Engaña a los hombres, se presenta joven y bonita: "Lléveme en ancas", y los hombres, enamorados, la llevan. Entonces muestra las uñas y las arrugas de sus manos, riéndose con ganas…

Ustedes comprenderán. Mi conducta estaba empapada de folklor. Era más grande mi superstición o mi provincial candidez, que todo cuanto ella pudiera inventar para eliminar mi rechazo. Nada cambiaría: para mí, sería siempre la aparecida de La Guasa*; la chancha que asustó al tío José Ángel aquella madrugada de un noviembre lejano. Según mis cálculos, ella debía ser la madre del niño que berreaba en la Ceiba, al paso de los carreteros que, desde El Volcán, transitaban arropados en polvo y en sombras del oscuro callejón…

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Las cosas se desvanecen despacio en la memoria. De improviso me asalta un terror indómito: tropiezo de súbito con los trozos de historia del abuelo. Se desata mi corazón en un latir insoportable. No comprendo, estoy desprotegido. Díganme, qué hace estallar los recuerdos, y por qué este tiempo petrificado, detenido por siempre aquí, en este mi pueblo envuelto en el ropaje de un misticismo milenario…

Esa mujer es mala.
Quién?
La loca…
No es loca.
Entonces?
Ni es mujer. Es un mito. El pueblo la hizo mito…

La loca no volvió ya nunca. En el pueblo han tejido leyendas distintas en torno a su paradero. "Dicen que va de quebrada en quebrada, que murió de nostalgia o que la vieron dirigirse hacia el sur, por El Rebalse, hasta perderse en los caminos que conducen a pueblos vecinos…"

Una colaboración de Rene Ovidio Gonzalez: reneovi@hotmail.com

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