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San Salvador, El Salvador, 5 de Febrero del 2010 Los muertos están cada día más indóciles. Si Roque viviera daría fe de lo que nuestro escritor Jose Ovidio Gonzalez narra en el siguiente cuento, que fue editado por la Alcaldía Municipal de Santa Elena en conmemoración del 27 Aniversario de la muerte de nuestros mártires : 18/11/82 - 18/11/09 Evert Lopez San Miguel, El Salvador, 5 de Febrero del 2010 CUENTO DE UNA MATANZA SIN ANUNCIO
La noche de aquel día tenebroso, sería para siempre una noche de miedos y sobresaltos. Los silbidos acordados de santo y seña y el golpeteo de las botas cautelosas en las piedras de las quebradas cercanas, impidió a los asustados pobladores conciliar el sueño. Todo comenzó a eso de las diez de la mañana del día dieciocho del onceavo mes; mes de la catástrofe: ocurrió durante la guerra, en medio de la cual era fácil aniquilar a gentes desarmadas. Y sonaban en las mentes de los matadores las palabras de los asesores que les instruían en tácticas y formas de la guerra: “El amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es el miedo al castigo que no se pierde nunca”. De aquí que ellos considerándose buenos, los tipos de la película, como el “Rambo” que les mostraban en la pantalla grande del cine Centenario, estaban en la obligación de usar en la práctica aquello de que el temor es el miedo al castigo que no se pierde nunca. Mas para infundir temor debían castigar, y no podrían castigar sin mostrar su poderío militar, su dominio sobre la vida de los otros, su manejo eficiente de las armas de la muerte. Y sucedió así, como Dios o el jefe de batallón lo quiso, porque del jefe de batallón estamos del todo seguros a qué lado estaba, pero Dios, ¡caramba!: siempre hemos buscado en el fondo de nuestras precarias inteligencias, de qué lado estaría, o si ese día también a él lo encapucharon y le amarraron los nudillos y fusilaron a fuego de metralla sin derecho a defenderse como lo hicieron con don Félix de Jesús Parada, con “Peter” López, con el chele Lupe, con “Coqueque” y los otros. Después, los victimarios habían de responder con variadas respuestas a las preguntas flotantes en el ambiente que golpeaban las conciencias de todo un pueblo rebelde, pero honrado y justo: ¿Dónde están nuestros muchachos, los hijos de nuestras entrañas? ¿Qué les han hecho? No queremos verlos malheridos en la “Vuelta del Cura”, ni queremos mirar sus miembros desparramados en la carretera, ni sus ojos vaciados, ni sus pechos perforados por odios apátridas, odios como gusanos voraces. Tal vez ni el mismo Caín habría sido tan cruel. Caín que ante la voz inquisitoria que indagaba ¿Qué has hecho con la sangre de tu hermano? ¿Dónde está Abel?, respondería no más de justificación para defenderse que “Lo maté, Señor, para salvarlo de la vergüenza que estoy pasando; porque si no lo mato yo, él me hubiera matado”. Ante tan grande humanismo, tan inmenso sacrificio por el otro, por su hermano, el Señor premiaría al asesino, al Caín del relato, dándole las coordenadas exactas donde encontraría una esposa preciosa y ante todo servicial y sumisa, al estilo de las épocas inmediatas; y poniéndole una coraza, lo enviaría a rodar tierra, a conocer el mundo, sin el peligro inminente que entre los otros mortales no había de poder evitarse nunca: nunca nadie de aquellas tierras extrañas le haría algún daño. Como sabemos a la perfección que es imposible que Caín jamás haya contado sin vergüenza el suceso, y con vergüenza es imposible que lo haya contado, nosotros lo contamos a los cuatro vientos y con toda la voz posible. Se dijo en una radioemisora de la capital famosa por “poderosa”, que se había capturado a supuestos colaboradores de la insurgencia y que los prisioneros estaban en vías de investigación, que se les capturó en operativo de limpieza de las zonas de la sierra Tecapa-Chinameca y el volcán de Usulután y que ante todo se respetarían sus derechos humanos. Oscar Ovidio Zelaya nos contó cómo respetaron los derechos humanos de Luis Alonso Chévez, “Coqueque”: Coqueque trabajaba con doña Esther María Bolaños, le ayudaba a hornear y siempre la señora le regalaba una papelada de pan. Coqueque salió de donde doña Esther María con la papelada cuando vio el despelote de soldados. Alguien dice que Coqueque dijo que por qué no iban al cerro, que allá podían estar los guerrilleros, que aquí sólo vagos habíamos. El soldado cercano le oyó y de un golpe le botó el pan que cargaba elevándolo por el aire; se lo llevó, lo encapucharon y después, lo de después. El mismo autor de este trabajo literario estuvo a punto de cumplir años de fallecido el mismo día del mismo mes de aniversario de la catástrofe. Pero esa historia que quede por el momento en la sala de espera. José Gregorio Vaquerano un cipote de 16 años, no terminaba de llegar de las cortas de café cuando se topó con que sus verdugos le esperaban en el pueblo que recién le había acogido: salió como siempre salía, como Goyo el hijo de Marta, en calzoneta de futbolista truncado, se dio cuenta, cuentan, que no andaba documentos de identidad, volvió por el carnet, y entonces la muerte pisó sus pasos en el polvo de pueblo pobre y le alcanzó con su guadaña filosa. “Nos tratan como a los negros en la Biblia” es la frase que la leyenda acuña en boca del sacerdote del pueblo, al darse cuenta que los encapuchados señalaron al “Zarco”, un trabajador suyo, entre los posibles “investigados”. El joven obrero negó y renegó de la acusación y cuando miraron su rostro para corroborar su verdad, vieron la claridad de sus ojos, ojos color de cielo, color de ojos de trabajador de iglesia, y entonces le disculparon. Otros con mayor apego a la personalidad del cura afirman la verdadera frase parafraseada durante mucho tiempo por los cristianos y los no cristianos: “Somos el pueblo de Dios prisionero en el Egipto de Faraón” y remachan la sentencia definitiva: “Ya vendrá nuestro Moisés para teñir de rojo el Lempa y otros ríos”. Era cierto: de la Biblia se desprendía la innegable verdad que los negros habían de ser servidores de los blancos, para eso ilustraba con exactitud el relato de Noé, el del arca maravillosa, que un día borrachísimo de pura alegría y de licor excesivo, porque su nombre iba a quedar estampado en los libros sagrados de su pueblo, se quedó en pelota frente a sus hijos. Uno de ellos lo vio tan gracioso que llenó de risa el relato que relatan. Entonces el irrespetuoso con sus vástagos, exigió respeto al risueño. Y al estilo de cualquier padre bíblico, condenó al infractor y a su descendencia eterna a ser “horribles negros” y a servir a sus hermosos hermanos blancos. De ahí la frase mentada sin confirmación: “Nos tratan como a los negros en la Biblia”. Permítannos proseguir con el cuento de una matanza sin anuncio. Matanza que sucedió el 18 de noviembre de 1982 y los días subsiguientes. Desde aquel día los pobladores tienen tres dieciochos en el calendario de sus eventos y conmemoraciones: en enero, en agosto y en noviembre. El dieciocho del relato, en plena guerra, no hubo combates, pues el ejército por evidente cobardía, operaba con intención sus operativos en zonas libres de insurrección. Al principio del relato está escrito con suficiente claridad: era fácil aniquilar a gente desarmada. Así que esperaban que los otros se fueran para entrar ellos triunfantes y hacer gala de la otra frase escrita al principio del cuento: el temor es el miedo al castigo que no se pierde nunca –Maquiavelo presente–. Y bajaron haciéndose los bravos, cargando en sus espaldas las muertes premeditadas y ordenadas. A eso de las diez de la mañana bajaron. Rodearon el pueblo. Lo cercaron. La muerte acorralando la vida. Pueblo rojo, rojo de sangre próxima a derramar. Rojo de conciencia abierta, de amor herido. Aquí vamos a insertar el momento en que la madre del que escribe, con aflicción entró a la casa con temblores y dijo suplicante: Apaga ese radio, escóndelo, cállate: están pasando soldados. Y el escritor despistado del futuro, con machismo extraviado de su corazón hablador: “Y qué que pasen, yo no les debo nada a esos chingados”. Pero al ver la desesperación de su madre, hizo caso. Algo semejante ocurrió por la tarde –alrededor de las cuatro, para ocultar en la oscuridad de la noche sus vergüenzas–: un esbirro gritaba con insultos a todo pulmón que fueran al parque, todos, hasta los viejos, los chuchos y los loros también, que su oficial daba la orden. A los loros los llamaban por parlanchines y algo debían decir si acaso los dueños callaban. Ignoraban por ignorancia y por incultura que los loros no hablan, los loros sólo remedan lo que oyen, como loros, sin entender ni pizca de lo que parlan. Fue cuando el susodicho escritor del futuro respondió con dignidad de hombre libre y con el repertorio del habla cotidiana que “Qué me importa tu oficial hijueputa, si ni comida está repartiendo para correr a su encuentro”. El soldado no escuchó, lo que salvó al aprendiz de literato de aparecer en la lista de la placa develada frente a la Alcaldía Municipal para recordar a las víctimas. En la matanza que referimos, hubo mujeres víctimas. Más aún: víctimas ancianas. Desconocíamos entonces la clasificación actual de las edades: “víctimas de la tercera edad”, diríamos. Los desalmados jamás alcanzaron a entender la frase obligatoria que obligaba a cualquiera que se preciara de caballero: A una mujer no se le roza ni con el pétalo de una rosa. Las versiones contradictorias que desde el instante mismo de sus capturas se difundieron, son tan ilegibles que preferimos no entrar en detalles para abrir paso a la leyenda, a la imaginación de la plebe. Ellos, protegidos con la férrea barrera del poderoso poder, podrán negar la cifra. Mas nosotros que vimos lo que vimos con estos ojos mirones, sofocaremos cualquier revoloteo de dudas: supera el número veinte la cantidad de gente sacrificada. Por eso, en venganza, desde aquellos días prometimos que no moriríamos sin escribir la historia, para que no se pierda, para que no se repita, para que nuestros muertos sigan vivos en el desarrollo del pueblo, en la nueva educación que vendrá, en el arte: música, pintura, literatura, en las conciencias de las nuevas generaciones. Para que don Félix de Jesús Parada nos pregunte otra vez como lo hizo en septiembre, a dos meses de su desaparición física, por nuestro hermano muerto, por nuestros otros muertos anteriores; platicando con sonrisa de hombre bueno, de buen amigo, de maestro honrado. Para que el compadre de don Félix, el papá de Oscar Ovidio Zelaya, no lo encuentre colgado de una rama en un recodo de la calle a Santiago de María y que para no aceptar la realidad en el momento no quiso verlo, no quiso creer que aquel rostro desfigurado era el de él, su compadre, el mismo Felicito vistiendo otrora la casaca del C.D. El Vencedor; pero que las canas de su cabeza le gritaban que sí, que era él, la delgadez del cuerpo también lo gritaba, pero el padre de Oscar Ovidio decidió que no, no es él; porque en ese momento reconocía a Luis Alonso. Y su promesa a la madre de Coqueque fue de encontrarlo aunque tuviera que buscarlo en el fin del mundo, y Luis Alonso estaba ahí, bien muerto por haber hecho una broma: Por qué no van al cerro, allá pueden estar los guerrilleros, aquí sólo vagos habremos. Los amigos de Manuel Guadalupe Reyes, el chele Lupe, lo encontraron despeinado de su cabello “afro” y desarmado de su broma habitual: para asustar a sus cheradas y haciendo como si andaba una pistola, Lupe simulaba el arma con su mano al tiempo que hacía un movimiento de pistolero del oeste, igual que Lee Van Cliff, en las películas antiguas, de antes que vinieran los Rambos o los Terminators, o de que a Hollywood le diera por producir sólo basura anticomunista: va de darle a la guerra de Vietnam, donde siempre ganan. Aunque se rumoraba con insistencia que los hollywoodenses ya no ganan una desde que, en las cintas, acabaron con el último vietnamita. Estamos esperando hoy cuándo van a empezar a producir películas de pleitos con los chinos, esperamos por la curiosidad de saber si van a exterminar los mil millones de chinos, para lo cual necesitarían buen número de fusiles o metrallas y, por lógica, mil millones de balas efectivas. Pedro Antonio López corrió la misma suerte que los mencionados, por eso su nombre aparece en la placa en memoria de los masacrados. En los felices años de bachillerato fuimos compañeros. Fue, junto a Leonidas Bonilla Maravilla, uno de los incansables luchadores por un cambio social. Humilde en demasía, desbocó sus impulsos en la lucha. Hablamos con él, aclarando dudas y limpiando supuestos un día de vagancia en una banca del parque de la ciudad. Con toda humildad, llamó al que escribe: Necesito hablar con vos, dijo, es algo delicado. Y hablamos: así descargó una pesada carga que le agobiaba. Ese día, hablando por hablar, recordó fragmentos del poema de Roque Dalton: Cuando yo muera, sólo recordarán mi júbilo matutino y palpable, mi bandera sin derecho a cansarse, la concreta verdad que repartí desde el fuego, el puño que hice unánime…, consciente quizás que él y que los otros, a quienes se nos reunió en el parque para ser señalados por dos encapuchados –supuestos insurgentes capturados–, y se nos arengó en contra de los sandinistas, y se nos insinuó que aquí encontrarían a Ana María, la maestra que había tomado las armas, nosotros, reducidos a la impotencia, tragándonos entero el coraje, con la triste sensación de vivir en un país de estiércol, pero al que amábamos a morir, en cualquier momento estaríamos expuestos a la mirada hueca de la muerte desde detrás de aquellas capuchas tenebrosas. Don Félix Parada, “Peter” López, doña Evangelina Lozano, don José Manuel Funes, Juan Miguel Alfaro, Rigoberto, Fidel Ángel, Rosa Amalia y los demás, en su alta bandera ese día con su sangre indeleble escribieron: ¡Libertad!
Rene Ovidio González. |
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