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Rincon Literario
 

San Miguel, El Salvador, 30 de Agosto del 2008

CUENTOS DE UN EXTRAÑO MAR
René Ovidio González

PRESENTACION

Un Extraño Mar  fue publicado por primera vez en enero de 1992; de aquella edición, por cierto muy artesanal, sólo quedó un ejemplar. Un Extraño Mar surgió en aquel entonces, sobre todo, por una notoria atracción hacia el mar observado en mis pequeñas hijas.

Como irán comprendiendo a medida avancen en su lectura, y aunque no soy experto en cuestiones marinas ni soy profesional de la psicología, pretendo con este trabajo “adivinar” o en todo caso: inventar- los secretos del mar y su influencia en la vida a través del cristal purificador de la literatura.

Quiero mostrar, además, con el significado exacto de las palabras que cubren estas páginas, ese temor innato que me sube por los nervios cuando enfrento mi mirada a la mirada del mar.

EL AUTOR.

El puerto

A mis escasos años, no imaginaba siquiera como serían los puertos. Cuando lo supe, me di cuenta: eran similares a una ciudad cualquiera. Sus calles, sus casas, la gente en un correr desaforado; los niños jugando a la guerra, como lo hacíamos todos los niños, en calles de polvo y piedra.

Tan sólo una cosa era diferente: el mar. Al fondo de las callecitas pueblerinas, el mar se levantaba hasta el cielo, enorme igual que una gran pared…; pero, ¿por qué se detenía allí? ¿Por qué no lo inundaba todo? ¿Y si de repente saltaba de su lecho sobre la tranquilidad del puerto? ¿Si de pronto cubría de salitre estas calles silenciosas?

El viejo muelle era un armatoste de palos y hierros carcomidos por la sal y por el tiempo… Y como quien no quiere la cosa, pero sí, la quiere; caminé sobre el muelle, temeroso de que la marea acabara con él  y con todo lo que sobre él estaba…

Era la primera vez que yo sentía tan de cerca el mar. Y vi las pequeñas lanchas de madera varadas en el lodo; vi las palmeras enfiladas, los cables y metales retorcidos de ahora inservibles embarcaciones… ¿Cómo serían los barcos de piratas? ¿Y cómo siendo tan grande el mar, regresan nuevamente al puerto los pescadores?... Vi también el vuelo de diferentes aves -papelitos rotos en el límpido azul-; y vi las sombras de los pececillos moverse fugazmente bajo el agua…

Entonces comprendí que el mar no saltaría sobre el puerto. Entendí su lenguaje y él entendió el mío; después de todo, quizás un día volvería a contemplar desde el muelle carcomido las palmeras, las callecitas grises con sus niños guerreros, las lanchas de madera… Tal vez volvería para hundirme en la prístina quietud de mis reflejos, en busca de ninfas y mundos submarinos; con mis sueños de infancia guardados en un cofre náufrago nunca rescatado…

El puerto me pareció aletargado y triste, igual que si hubiese acontecido un eclipse total de sol.

El náufrago

Las sombras emergentes de la nada siempre me hicieron estremecer. Prefería el fuego, el resplandor del día o la luz mortecina de las luciérnagas perdidas en la noche. Disimulando mi desesperación me interné en la desconocida isla. Mis nervios estaban crispados y mi aureola de caudillo totalmente destrozada. Tras el naufragio, llegué empapado hasta los huesos y cansado…

Perdí la noción del tiempo. Mis sentidos se embotaron. Era humillante: me vi eternamente viejo y desprendido de un lejano e histórico mundo de seres rebeldes e inteligentes. Era un planeta ahora antiquísimo, deshabitado; posiblemente a causa de frecuentes emigraciones; y algo inexplicable: el mar lo cubría todo. Mi ofuscada lógica me llevó a creer en un reciente diluvio.

No sé, pero intuí mi soledad, mi abandono de siglos; con compañeros de viaje olvidados en el recipiente de una amnesia que inevitablemente había crecido como yerba en la memoria, arrasando los recuerdos igual que un ciclón arrasa con la vida… ¿Acaso yo sería el único sobreviviente, habitante de la Atlántida?

Cuando desperté de mis absurdos pensamientos sentí náuseas, injurié mi bárbara existencia; más aún: mi proscrita existencia, y entonces, silbé canciones prohibidas de mi borrosa juventud. Estaba rodeado por el mar, atrapado en esta isla en la que permanezco hecho una sombra… Es una lástima llevar a rastras un nombre tan pesado: soy Robinson Crusoe, náufrago, poeta, confidente de la soledad y furtivo amante del océano…

En junio

No se explicaba por qué el deseo de mantenerse metido en la cama a pesar del insomnio. La tibieza de las almohadas lo tenía petrificado en un sopor de pensamientos inexplicables. En el rincón de su abandono, cruzaban por su memoria las notas de aquella música remota de tiempos pretéritos vividos junto a ella.

Afuera la vida se simplificaba: aquí, la ansiedad de sentir caer y caer la lluvia del veinte de junio -había llovido toda la noche-; allá, la extensa playa entumecida por el frío de la madrugada; enfrente, el mar -inmenso y misterioso- reflejando apenas la palidez de la aurora que asomaba por el oriente; y más allá, lo ignorado…

Como impulsado por un resorte, se incorporó tratando de atravesar con su  mirada la escarcha adherida a los cristales de  su ventana. Movió la perilla y un airecillo húmedo penetró en la habitación. Fue entonces que sucedió:

-¡Es ella…! ¡La playa! ¡La playa!

Tomó ansioso su vieja bicicleta y corrió hacia la playa obsesionado por el recuerdo: acostumbraban caminar por la arena, descalzos y abrazados. Hacía ya tanto tiempo. Iba aturdido por aquel impulso repentino. La extensa playa, entonces, le pareció muy pequeña para su locura. Vio a la chica sentada, sobre las oscuras rocas que recibían impasibles el embate de las olas:

-Sabía que estarías aquí- dijo.

-Y yo, sabía que vendrías- le contestó ella. Y entregándole un barquito de madera: -Es para ti- agregó-. Lo hice yo misma.

-Lo llamaré “Libertad”- replicó él tomándolo entre sus manos-. Sí: Libertad…

Ambos deambularon por la arena, descalzos y abrazados, traspasando los límites del recuerdo. A lo lejos se oía una canción de Perales…

Rene Ovidio González. reneovi@hotmail.com

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